miércoles, 4 de septiembre de 2013

IFAP CRISTO LOGIA TEMA 8.- LA RESURRECCIÓN DE JESÚS.

TEMA 8.- LA RESURRECCIÓN DE JESÚS.

Introducción.

La resurrección de Jesús es la piedra angular de la fe cristiana. Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe (1Cor 15,17). Este acontecimiento experimentado por los apóstoles, transforma radicalmente su vida. Por eso, como ya vimos, todos los escritos del Nuevo Testamento están hechos a la luz de la fe que nace de la Pascua. ¡Jesús sigue vivo! Dios lo ha resucitado y lo ha constituido Señor. Jesús es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, nuestro Salvador.

Con la luz de la fe en el Resucitado se relee toda la vida de Jesús, sus palabras y sus hechos, para ser anunciados como la Buena Noticia de la Salvación, que es llamada a la conversión y a la adhesión personal a Jesús (la fe), para vivir en su seguimiento.

Por eso también nosotros empezamos por la resurrección de Jesús, antes de ver su vida y mensaje en la Palabra de Dios.

Los acontecimientos.

Después del tremendo y doloroso acontecimiento de la muerte de Jesús en la cruz, los apóstoles viven la asombrosa experiencia del encuentro con Jesús ¡que vive! ¡Cristo ha resucitado! Pero su resurrección no es la reanimación de un cadáver; Jesús vive una existencia nueva junto a Dios.

La resurrección de Jesús fue un acontecimiento real, pero no fue un acontecimiento puramente histórico, sino "meta-histórico" porque supera y transciende las leyes comunes de lo histórico. Los evangelistas nos presentan este acontecimiento a través de dos realidades o signos que se complementan mutuamente.

En primer lugar nos hablan del sepulcro vacío, como un signo "negativo": Jesús no está en el sepulcro (Mt 28,1-8.11-15; Mc 16,1-8; Lc 24,1-12; Jn 20,1-10). Y en segundo lugar, la experiencia "positiva" de las apariciones de Jesús a distintas personas: a María Magdalena (Jn 20,11-18); a las mujeres (Mt 28,9-10); a los dos caminantes de Emaús (Lc 24,13-35); a los "once" (Lc 24,36-43; Jn 20,19-20.24-29). Nosotros podríamos añadir, además, la transformación que se produce en la vida de estas personas cuando son invadidos por la fuerza del Resucitado, como otro signo positivo de la resurrección de Jesús.

Los relatos de las apariciones son la forma como los primeros testigos de la resurrección nos cuentan su experiencia del encuentro con el Señor resucitado; y se trata de una experiencia inefable, mística, pues es un encuentro directo con Dios. Así pues, tratan de transmitirnos algo de esta experiencia «inexpresable» a través de las categorías que tienen a su alcance. Hay cinco elementos presentes en todos los relatos: a) Una situación concreta: están los apóstoles o las mujeres; b) Jesús les sale al encuentro inesperadamente; c) Jesús les saluda; d) hay un reconocimiento, a veces costoso; e) el Resucitado les da una misión (cf. Mt 28,8-10).

Los relatos nos van mostrando, también, dónde nos podemos encontrar con el Señor resucitado: en el partir el pan, en la Palabra, en el camino de la vida, en la comunidad - iglesia (cf. los discípulos de Emaús y el encuentro con María Magdalena).

Después los evangelistas nos muestran, de diversas formas, la ascensión de Jesús y la donación del Espíritu Santo (Mc 16,119-20; Lc 24,50-53; Hch 1,4-12; 2,1-13; Jn 20,21-23), para anunciarnos la plena glorificación de Cristo, su no presencia visible entre nosotros y la nueva presencia en el Espíritu.

El significado de estos acontecimientos.

Estos acontecimientos nos hacen ver que la muerte de Jesús no ha sido un fracaso, sino un paso a la VIDA. La Nueva y Verdadera Pascua: el paso de la muerte a la Vida (Lc 24,18-27). Son la glorificación plena que el Padre da a su Hijo (Jn 17,5.24; Flp 2,6-11). Son el SI de Dios al estilo de vida de Jesús, a su opción fundamental.

Jesús ha sido fiel a Dios y Dios ha sido fiel a Jesús. Dios no ha abandonado a Jesús y lo ha resucitado de entre los muertos. ¡Jesús vive!, no ha acabado, no está muerto. Y vive en todo lo que es y en lo que fue. No sólo en el sentido que pervive un líder en sus ideas y en sus seguidores. Jesús está vivo para nunca más morir; está vivo en el ser de Dios.

“Decir que Jesús ha resucitado significa que Jesús tenía razón. Es decir, Dios es como Jesús dijo que era, como Jesús lo reveló. Y los hombres nos hemos de relacionar con Dios como Jesús dijo, y nos debemos relacionar entre nosotros como Jesús se relacionó con nosotros, entregando su vida por los que amaba... El sentido de la historia de la humanidad y de la vida está en ser como Jesús... Jesús es el hombre como Dios quiere que sea el hombre. Ser hombre es ser como Jesús.”[1] El sentido de la vida es ser y vivir como Jesús.

Estos acontecimientos son la señal de que Jesús está vivo, pero ya no es visible en el mundo. Se ha ido a la derecha del Padre y desde allí nos ha enviado al Espíritu para que empiece el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio hasta que El vuelva de nuevo al final de los tiempos (Ap 22,20; 1Cor 16,22).

Este acontecimiento transforma la vida de los discípulos, e invadidos por la presencia y acción del Espíritu se convierten en hombres nuevos: en su manera de ser y de pensar, en sus actitudes, en sus valores y horizontes. Se sienten perdonados y convertidos y aceptan los valores del Reino predicado por Jesús, comprometiéndose a quitar de su existencia todo lo que sonara a muerte (egoísmo, envidia, celos, avaricia, violencia...) y a desarrollar sólo los valores que fluyen de la vida y que engendran vida (entrega, generosidad, servicio, ayuda, amor...).

En la resurrección de Jesús tenemos ante nuestros ojos, hecho realidad, el acontecimiento del fin. En el Resucitado contemplamos el término hacia el que caminamos, todo el sentido de nuestra existencia. Por su resurrección Jesús es constituido Señor sobre el mundo entero. Mediante su Espíritu, el Señor prolonga en el presente de la Iglesia el hecho histórico del pasado, su muerte-resurrección, reviviendo constantemente su eficacia salvadora.


Textos para la reflexión.

·         Glorificación de Cristo: Mt 28; Mc 16; Lc 24; Jn 20-21; Hch 1,6-14; 2,1-13; 1Cor 15.

·         El Misterio Pascual en nosotros: Rom 6,1-11; Col 1,24-29; 3,1-4; Ap



·         Creer en el Resucitado (J.A. Pagola)

Vivir la experiencia pascual ha de ser para nosotros acoger el Espíritu vivificador del Resucitado, escuchar sus palabras, que son "espíritu y vida" (Jn 6,63), y experimentar en nosotros la fuerza que Cristo posee de "resucitar lo muerto".

Entramos en la dinámica de la resurrección cuando, enraizados en Cristo, vamos liberando en nosotros las fuerzas de la vida, luchando contra todo lo que nos deshumaniza, nos bloquea y nos mata como hombres y como creyentes.

Vivir la dinámica de la resurrección es vivir creciendo. Acrecentando nuestra capacidad creativa, intensificando nuestro amor, generando vida, estimulando todas nuestras posibilidades, abriéndonos con confianza al futuro, orientando nuestra existencia por los caminos de la entrega generosa, el amor fecundo, la solidaridad generadora de justicia.

Se trata de entender y vivir la existencia cristiana como un "proceso de resurrección", superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en la muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros o una indiferencia y apatía total ante la vida.





Ejercicio para la vida personal. (Material a trabajar y REENVIAR).

1.    ¿Cómo nos es transmitido el acontecimiento de la resurrección?

2.    ¿Cuál es su significado?

3.    ¿Qué significó para los apóstoles?

4.    ¿Qué significa para nosotros la resurrección de Jesús?




A manera de evaluación global de todo el curso:

Principales aprendizajes:












Principales experiencias para la vida:


Valoración global:











[1] J.R. Busto, op.cit, 108-109.

IFAP CRISTOLOGIA TEMA 7.- LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS.

TEMA 7.- LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS.

Introducción.

Los relatos evangélicos de la pasión y muerte de Jesús son historia hecha por creyentes, interpretada a la luz de la fe pascual. A la luz de la Resurrección, la comunidad primitiva llega a reconocer plenamente la identidad de Jesús, el sentido de su vida, de su sufrimiento y de su muerte. Son recuerdos y testimonios transfigurados por la fe pascual, más interesados en el profundo sentido de los hechos que en su exacto desarrollo.

La pasión y muerte de Jesús en los Evangelios.

Jesús llega a intuir su muerte violenta (Mt 8,31-32; 9,30-32; 10,32-34). La causa de la muerte de Jesús hay que buscarla en su misma vida. "Su muerte es incomprensible sin su vida, y ésta lo es sin aquél para quien él vivó: su Dios y Padre" (J. Moltmann).

Jesús anunció el Reino de Dios, la liberación total y definitiva; llamó a la conversión no sólo exterior sino en profundidad; actuó con libertad; increpó a los externamente "piadosos" y "buenos"; mostró predilección por los pobres y pecadores; antepuso el servicio al poder, la justicia al culto; fue poco formalista en la observancia de la ley, amigo de los que no la observaban, abierto a los que no la conocían... Por todo ello, por su radical libertad y su enfrentamiento con los poderes, sobre todo religiosos, Jesús molestaba y decidieron quitárselo de en medio. La muerte fue la consecuencia lógica y prevista de su estilo de vida.

Jesús no buscó la muerte. En la angustia de Getsemaní ("Pase de mi este cáliz") vivió la profundidad del fracaso humano, la angustia de la soledad y el abandono de quienes le habían acompañado. Jesús, confortado por el Padre, supera el peso de su muerte y se levanta respirando una serenidad que no le abandonará hasta el final. Esta serenidad, hecha de entrega y confianza en su Padre, hará exclamar al Centurión: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15,39).

Su significado.

La muerte de Jesús ha sido un asesinato (Hch 2,23; 3,15; 4,10), no fue algo casual, sino que se debió a la oposición que fue creando la persona, la actividad y la doctrina de Jesús. Fue condenado por la autoridad religiosa por blasfemo (Mt 26,57ss). Fue condenado por el poder civil por sedicioso y agitador de masas que pone en peligro la seguridad del imperio (Jn 19,12; Lc 23,8-12). Los poderosos llevaron a la muerte a aquél que era un reproche vivo de su modo de vivir y actuar (ITs 2,15).

Pero también podemos decir que Jesús murió voluntariamente por nuestra salvación, para liberarnos del pecado y de todas sus consecuencias (ITs 5,9-10). Jesús, libre y voluntariamente optó por un género de vida, y aceptó los riesgos que comportaba (Jn 10,17-18; 12,27; 13,1-3; 18,5-6) y por lo mismo aceptó "libremente" -no pasivamente- la muerte que otros le causaban.

Jesús asume la muerte que implica vivir fielmente el proyecto del Padre en un mundo de pecado. “Dios no quiere la muerte de Jesús, como tampoco quiere nuestro sufrimiento”. Pero lo que sí quiere Dios es “la fidelidad, la respuesta amorosa a la entrega amorosa del Padre”. “Dios quiere el amor fiel de Jesús; y el amor fiel de Jesús, en un mundo de pecado, lleva aparejada la muerte en cruz”[1].

“En Jesucristo la humanidad entera y la creación en su conjunto han alcanzado su realización” plena, porque ha realizado plenamente el proyecto de Dios para el hombre, respondiendo libre y fielmente al amor incondicionado de Dios con su amor y entrega total. “Jesús muere para salvarnos, precisamente porque el pecado ataca, y a veces mata, a quienes aman a Dios con todas sus consecuencias”[2].

Jesús, muriendo en la cruz, expía los pecados de la humanidad (Rm 3,25); resucitando, venció a la muerte (secuela del pecado) y restauró la vida. Cuantos creyentes compartan la muerte de Jesús se integrarán también en su vida plena (= Resurrección).

La actitud de Jesús ante el sufrimiento ilumina y transforma el sufrimiento del hombre. Jesús sufrió y murió por alguien, no por algo: por obedecer la voluntad de Dios y por solidaridad con los más necesitados. Jesús fue un ser-para-los-demás; totalmente para Dios y para los hombres. Por eso es el UNICO Y VERDADERO SACERDOTE; porque sólo El consigue la comunión entre Dios y el hombre, y lo realiza siendo totalmente de Dios y radicalmente solidario con el hombre.

Teniendo como referencia la actitud de Jesús, podemos decir, también, que la actitud del cristiano ante el sufrimiento y la muerte, excluyen el masoquismo, el dolorismo, la resignación, la evasión, pero también la explicación. Jesús no responde al porqué del sufrimiento, sino que sufre con nosotros. Jesús dio sentido a su sufrimiento viviéndolo por los demás en el servicio a Dios y en la solidaridad con los hombres que sufren. Y creemos que esa manera de vivir el sufrimiento recibió de Dios el sí de la Resurrección.

Dios nos ha regalado la salvación en Cristo Jesús; “ya estamos salvados en Cristo; ya estamos sentados en los cielos con Cristo (Ef 2,6). Sin embargo estamos sentados todavía en esperanza. El haber recibido el Espíritu de Jesús es tener las primicias de esa salvación. El sentido de la vida humana es ser hombres como Jesús, reproducir la imagen del Hijo, corresponder al amor incondicionado del Padre hasta la entrega de la propia vida, como hizo Jesús. Eso es lo que ahora ha de ser realizado en mi propia existencia; ésa es la tarea que tengo por delante”.


Textos para la reflexión.

·         Anuncios de la Pasión: Mt 12,15-21.38-42; 16,21-23; 17,22-23; 20,17-19.

·         Última Cena: Mt 26,1-46

·         Pasión y muerte de Jesús: Jn 18-19

Ejercicio para la vida personal. (Material a trabajar y REENVIAR).

1.    ¿Cómo se sucedieron los acontecimientos durante la pasión y muerte de Jesús?

2.    ¿En qué sentido la muerte de Jesús es un asesinato, y en qué sentido es una   muerte libre y voluntaria?

3.    ¿Qué te dice la imagen del Crucificado?


Oración.

Himno de la Liturgia de las Horas

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.




[1] J. R. Busto,139-140.
[2] Ibid.,141.

sábado, 3 de agosto de 2013

T6 IFAP CRISTOLOGIA ACTITUDES FUNDAMENTALES DE JESÚS.

TEMA 6.- ACTITUDES FUNDAMENTALES DE JESÚS.

Es imposible agotar toda la riqueza de la personalidad de Jesús, pero queremos reflexionar, al menos, sobre algunas de sus actitudes fundamentales, pues también se nos revela Jesús a través de ellas, con el objetivo de hacerlas nuestras y que se reflejen en nuestra vida.

Jesús ante su Padre Dios.
Jesús vive una relación tan íntima y especial con Dios que se dirige a Él llamándole «Abba» (papá, padre. cf. Mc 14,36). Algo totalmente inusitado e impensable para un judío. De hecho nunca se usa esta expresión en todo el Antiguo Testamento y en la época de Jesús hasta se evitaba pronunciar el nombre de Dios y se utilizaban sinónimos (como por ejemplo: el Altísimo, Señor, etc.).

Jesús habla de «mi Padre» (cf. Mt 7,21; 10,32; 11,27; Lc 2,49; Jn 6,32.40; 14,23; 15,1) y de «vuestro Padre» (cf. Mt 5,16; 6,14-15; Mc 11,25; Jn 20,17). Jesús nos viene a mostrar que Dios es nuestro Padre (cf. Mt 6,9; Lc 11,2), a quien nosotros podemos acudir con gran confianza (cf. Mt 7,7-11; Lc 11,9-13). Así nos revela plenamente la misericordia y ternura de Dios hacia todos los hombres. Nosotros somos hijos de Dios (cf. Jn 1,12; 1Jn 3,1) porque recibimos el Espíritu que nos hace clamar: Abba, Papá (cf. Rom 8,15-30; Gal 4,6).

Jesús nos habla también de la relación que vive con su Padre. Jesús y el Padre viven unidos, son uno (cf. Jn 10,30; 17,21), de tal forma que quien conoce a Jesús conoce al Padre (cf. Jn 8,19). Su Padre está con Él (cf. Jn 16,32), y Él es el Hijo que nos puede revelar los secretos del Padre (cf. Jn 1,18; 6,46; Mt 11,25-27).

Jesús es el enviado del Padre (cf. Jn 5,36; 6,38-39.44; 7,29). Por eso su alimento es cumplir su voluntad y llevar a cabo su obra (cf. Jn 4,34) hasta el final (cf. Jn 17,4; 19,30). Toda la vida de Jesús se realiza en un clima de oración: en los momentos importantes (cf. Lc 3,21), en la intimidad (cf. Lc 5,16; 6,12; 9,18) y públicamente (cf. Lc 10,21-22; Jn 11,41-42; 17). Y así termina su vida: con una oración a su Abba (cf. Mt 27,46; Mc 14,36; 15,34; Lc 23,46).

La opción fundamental de Jesús.
De una forma sencilla, clara y sintética, podríamos decir que la opción fundamental de Jesús; la razón, el motor y la fuerza de todas sus actitudes y acciones; aquello por lo que vivió y entregó la vida, fue realizar la voluntad del Padre; Él vivió para la voluntad de Dios. El motor que mueve a Jesús, lo que da sentido a su vida, es el cumplimiento de la voluntad de Dios. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34; cfr. 6,38).


Jesús ante la Ley.
Como ya sabemos, la Ley era para los judíos lo más importante y central de su vida; hasta el punto que la habían exagerado ampliándola en 613 preceptos que regían hasta los más pequeños actos de la vida de cada día (cf. Mc 7,1-23; Mt 23,16-25). Jesús reacciona ante esta realidad y se opone totalmente: quebranta el ayuno (cf. Mc 2,18), descuida las purificaciones legales (cf. Mc 7,21-23), toca a los leprosos (cf. Mc 1,40-42), hace curaciones violando el sábado (cf. Mc 3,1-6; Lc 13,10-17; 14,1-6; Jn 5,1-18; 7,21-24; 9,14). De esta forma coloca al hombre y las relaciones de amor y solidaridad por encima de todo (cf. Mc 2,27).

Jesús libera al hombre de la ley y le hace ver que ésta sólo tiene su sentido en el auténtico amor a Dios y al prójimo (cf. Mc 12,29-31). Por eso Jesús, el nuevo Moisés, supera y lleva a plenitud la ley (cf. Mt 5,17-48), mostrándonos así una meta superior: ser perfectos como el Padre (cf. Mt 5,48). Ya no se trata de la ley por la ley; se trata ahora de lograr la perfección a través del amor (cf. Mt 7,12). Esta meta se alcanzará en la medida en que el hombre se adhiera no a la ley, sino a la persona de Jesús y a su estilo de vida.

Jesús ante el Templo.
El Templo constituía para el judío el centro religioso y cultual, el lugar de encuentro con Dios (cf. 1Re 8). Además, debido a las peregrinaciones que tenían que realizar año tras año (cf. Ex 23,17; Dt 12,2-12; 14,23; 16,5-6.11), significaba una fuerte suma de ingresos. Jesús expulsa a los vendedores del templo, la casa de su Padre (cf. Jn 2,13-17), y además anuncia la destrucción del templo (cf. Mt 24,2) y su reconstrucción en tres días (cf. Mt 26,61; Jn 2,19-22), declarándose Él superior al Templo (cf. Mt 12,6).

Con estas actitudes nos muestra Jesús que su persona, una vez resucitada de entre los muertos, es el lugar de encuentro entre el hombre y Dios. Al sustituir el culto material que se realizaba en el templo por un culto en Espíritu y Verdad (cf. Jn 4,23-24), nos hace ver que el único culto agradable a Dios, es el culto de la vida diaria, del amor y de la justicia (cf. Mt 12,7), de la reconciliación fraterna (cf. Mt 5,23-24), de vivir realizando la voluntad del Padre (cf. Rm 12,1-2).

Jesús ante los poderosos.
Jesús sabiendo que su misión salvífica no la llevaría a cabo únicamente anunciando con palabras tranquilas la Buena Nueva del Reino, se nos manifiesta también en una actitud valiente y libre, denunciando el mal que descubre en la sociedad de su tiempo, especialmente la ambición, que, como ya vimos, es el primer obstáculo para la construcción del Reino.

Jesús denuncia ante el poder económico el peligro de las riquezas (cf. Lc 18,24), ya que poner el dinero como valor absoluto se opone a Dios (cf. Lc 16,13; Mt 6,24), nos estorban para ver al prójimo necesitado (cf. Lc 16,19-31) y se convierten en fuente de injusticias (cf. Lc 16,9; 19,8). Por eso exige a sus discípulos la renuncia a sus bienes para realizar el proyecto del compartir (cf. Lc 12,33; 14,33; 19,8).

Ante el poder político Jesús se muestra totalmente libre y crítico. Denuncia la actuación de Herodes (cf. Lc 13,32; Mc 8,15), «desacraliza» el poder y el estado (cf. Mt 22,15-22) y ante Pilatos se muestra libre y crítico de su situación (cf. Jn 19,8-11).

Ante el poder religioso, representado por los escribas, fariseos, saduceos y sumos sacerdotes, Jesús se muestra valiente para denunciar su legalismo, su hipocresía, ambición y opresión que ejercen sobre el pueblo (cf. Mt 23,1-36; Lc 11,37-54).

Jesús ante los marginados.
Jesús nace (cf. Lc 2,1-7), vive (cf. Lc 9,58) y muere (cf. Mt 27,39-50; Gal 3,13; Rom 8,3; 2 Cor 5,21; Col 2,14) como marginado. Durante su vida lo acusan de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (cf. Mt 11,19), perturbado mental (cf. Mc 3,21), revolucionario (cf. Lc 32,2; Mt 27,63), contado entre los delincuentes (cf. Lc 22,37), muere fuera de la ciudad como un “maldito colgado de un madero”.

Jesús hace una opción fundamental por los marginados; son ellos los destinatarios de su misión (cf. Lc 4,17-19). Su predicación a los pobres es señal de que Él es el Mesías (cf. Mt 11,4-6). Por eso ellos son los bienaventurados (cf. Lc 6,20-23) ya que viene el Rey que implantará la justicia y transformará la realidad de opresión y marginación en que viven (cf. Lc 1,52-53; 4,16-22). Convive con todos ellos: prostitutas, samaritanos, leprosos, pobres, niños, viudas, ignorantes, enfermos, etc. En sus parábolas de misericordia (cf. Lc 15) resalta su interés y su bondad hacia el pecador, lo mismo en las actitudes concretas que tuvo hacia ellos (cf. Lc 7,36-50; Jn 8,1-11). Jesús se identifica con los pobres y marginados desde adentro, en su vida y en su práctica; su identificación es tan plena, que en base a nuestra solidaridad con ellos seremos juzgados (cf. Mt 25,31-46).

Ejercicio para la vida personal. (Material a trabajar y REENVIAR).
1.    ¿Qué tipo de relación tengo con Dios?

2.    ¿En mi relación con Dios me comporto como verdadero hijo suyo, de tal forma que mi confianza y seguridad esté puesta en  Él?

3.    ¿En nuestras comunidades e instituciones las leyes están al servicio de los hombres, especialmente de las personas más desamparadas?

4.    ¿Ponemos el bien del prójimo, el amor y la solidaridad, por encima de "nuestras pequeñas leyes" (costumbres, tradiciones, intereses, necesidades)?

5.    ¿El culto que realizamos en nuestros templos tiene realmente una proyección a la vida (amor, servicio, justicia, solidaridad, reconciliación fraterna)?

6.    ¿Nos sentimos libres ante los poderosos para anunciar los valores del Evangelio y denunciar todo lo que se opone al plan divino?

7.    ¿Qué implica para nosotros hacer una opción preferencial por los pobres, como lo hizo Jesús?


domingo, 21 de julio de 2013

Santiago 2,18 LA FE SIN OBRAS



Tal como lo he prometido, trabajaré en la segunda parte del estudio sobre la fe de los demonios y en cómo Santiago 2, 19 no apoya la noción de que la fe necesita de obras para ser considerada una fe salvadora o aquella noción de que la fe intelectual, entendida como el simple asentir intelectualmente a una proposición, no es suficiente para ser salvos, más por ahora, a fin de crear un contexto general sobre el cual trabajar ese punto en particular, comentaré brevemente Santiago 2, 14-26.
Antes de comenzar, les llamaré la atención a dos versículos claves a la hora de entender a que se refiere Santiago cuando habla de “la fe”: versiculos 14 y 18. Tener claridad sobre lo que estos dos versículos dicen nos iluminará toda la sección así como también despejaran toda noción de contradicción y pondrán en armonía las palabras de Santiago con el resto del testimonio Bíblico.
Vamos con el comentario:
Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?
Santiago 2, 14
Vemos expuesto aquí el pecado que Santiago quiere enfrentar en las siguientes palabras: “¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?”, es decir, el pecado de una profesión de fe carente de evidencias que demuestren su realidad. Que el problema es la profesión de fe y no la fe en sí misma es evidente, pues Santiago nos habla de alguien que “dice que tiene fe”, es decir, que profesa creer, pero cuyo problema es que “no tiene obras” que demuestren la veracidad de tal afirmación.
Santiago pregunta: “¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras?”, es decir, ¿Qué provecho le trae a alguien que carece de evidencias de tener fe el hecho de decir que cree? Y luego pregunta “¿Podrá la fe salvarle?”. Aquí no debemos confundirnos. Cuando Santiago habla de “la fe” no se refiere a la facultad de creer, sino, como nos lo ha informado anteriormente, a una profesión de fe carente de evidencias que demuestren su realidad. Tal persona no debiese confiarse en que por el simple hecho de decir que cree entonces su fe es verdadera, pues su carencia de obras demuestra lo contrario, es decir, que lo que afirma es falso. En consecuencia, aquella “fe”, entendida como una profesión carente de sustancia o realidad, no le salvará.
Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.
Santiago 2,15-17
Para establecer su punto, Santiago nos pone un ejemplo. Nos dice que “si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?”, es decir, la meras palabras de misericordia hacia un hermano en necesidad no le aprovechan en nada al hermano y, al contrario, demuestran lo vacío y carente de realidad de aquellas palabras. La misericordia se expresa no solo en las palabras, sino en los hechos y, en este caso, una misericordia verdadera se expresará en el hecho de suplir las necesidades del hermano en necesidad, y no solo lanzar unas cuantas palabras huecas al viento que aparentan piedad, pero no la demuestran. Juan nos exhorta a lo mismo en 1 Juan 3,16-18, donde vemos que el tema es la piedad de la boca para afuera, pero carente de obras que demuestren su realidad.
A partir de este ejemplo, Santiago concluye “así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”, es decir, que una profesión de fe que no se manifieste a sí misma en buenas obras da evidencias de la inexistencia de aquello que se dice tener y, en consecuencia, de la falsedad de aquella profesión. La fe que aquella persona dice tener “es muerta en sí misma”, es decir, es irreal, inexistente, solo de palabra pero carente de sustancia (Isaías 29,13; Tito 1,16).
Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.
Santiago 2,18-19
Tenemos aquí otro versículo clave a la hora de entender el mensaje de Santiago, quién, en un reto irónico antes de entrar a reprender al “hombre vano”, dice: “Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”. Santiago enfrenta al “hombre vano”, aquel que cree que por el simple hecho de decir que “tiene fe” entonces se ha de creer su profesión a pesar de que “no tiene obras” que manifiesten la realidad de tal profesión, con un reto imaginario, en donde se le exige que pruebe la existencia de su fe “sin (sus) obras”, algo evidentemente imposible, mientras su retador le mostrará su fe “por (sus) obras”. El tema sigue siendo la justificación de una profesión de fe, y no la fe en sí misma, tal como el reto nos lo evidencia. La palabra clave es “mostrar”. La fe es una facultad intelectual, y como tal es invisible al ojo humano; solo Dios sabe donde Él mismo ha obrado fe, pues la fe es don Suyo y, además, Dios mira el corazón. Sin embargo, la fe se muestra a sí misma hacia otros en los efectos que produce en aquel que la posee, específicamente por medio de las buenas obras. De aquí se concluye que una profesión de fe carente de buenas obras no solo no puede justificarse ante otros, sino que da evidencia clara de que no existe fe salvadora en aquella persona. Tal persona se engaña a sí misma y pretende engañar al resto.
La ironía continúa cuando Santiago contrasta al “hombre vano” con “los demonios”: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”. Que Santiago está siendo irónico es evidente por el hecho de supuestamente felicitarle por su fe en un artículo básico de la fe Cristiana, “que Dios es uno”, para luego compararle con quizás los seres más impíos de la Creación, “los demonios”. Incidentalmente, Santiago concuerda en que la fe consiste en asentir intelectualmente a una proposición que, en este caso, sería la proposición “Dios es uno”, y, a su vez, si bien de manera irónica, concuerda que aquella fe es algo bueno cuando dice “bien haces”. Pero la ironía no va dirigida al concepto mismo de fe, sino a la profesión de fe del “hombre vano”.
Ahora bien, contrario a lo que se nos dice generalmente, este versículo no enseña que la fe intelectual es insuficiente. Se nos dice esto de acuerdo al siguiente razonamiento: Si los demonios tienen esta fe intelectual, pero no son salvos, entonces la fe intelectual no es suficiente para salvar al hombre, de manera que para salvar aquella fe necesita de obras. El razonamiento falla básicamente en dos puntos: primero, ignora el contexto y trasfiere los defectos de una profesión falsa de fe a la fe en sí misma o al acto de creer en sí; segundo, en ningún lugar de las Escrituras se nos enseña que “los demonios” pueden ser salvos, incluso si creyesen en el Evangelio, puesto que Cristo murió para salvar hombres, no ángeles (Hebreos 2, 16).
Entonces ¿Cómo interpretar este versículo? Como hemos dicho anteriormente, Santiago está siendo irónico, negándole a su oponente aquello que afirma mediante la afirmación de lo mismo. Primero, irónicamente le felicita por la supuesta fe que tiene, pero poniendo como ejemplo a “los demonios” le niega que tenga fe. Santiago le niega a su oponente que tenga siquiera la fe de un demonio, puesto que un demonio también cree que “Dios es uno”, pero a diferencia de aquel “hombre vano” que profesa creer pero carece de obras, la fe del demonio produce un efecto específico en él, es decir, “tiembla” ante esa realidad. Un demonio por lo menos tiene evidencia de la realidad de su fe; al contrario, aquel que profesa creer pero carece de obras que den evidencia de aquello no tiene nada que pruebe lo que dice. Entonces, Santiago le está insinuando a su oponente que hasta un demonio tiene evidencias de que cree, mientras que a su oponente, por su carencia de obras que den evidencia de la realidad de su profesión de fe, no le alcanza ni para tener la fe de un demonio.
¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.
Santiago 2, 20-23
¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” Ahora Santiago se propone a establecer su punto mediante la Escritura por medio de dos ejemplos algo extremos: “Abraham”, el patriarca de los judíos, y “Rahab”, una gentil que se dedicaba a la prostitución. Con respecto a Abraham, Santiago nos dice: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?” Se nos dice que Abraham “fue justificado por las obras”, lo que no debiera provocarnos problema alguno si hemos puesto atención al contexto. Santiago se refiere a la “justificación” de una profesión de fe y no a la justificación del creyente en Cristo. La pregunta que Santiago quiere responder no es ¿Cómo puede el hombre llegar a ser justo frente a Dios? sino ¿Cómo puede alguien que profesa creer demostrar la veracidad de su profesión? Por lo tanto, si hemos respetado el contexto, será evidente que no hay conflicto alguno entre Pablo y Santiago. Aquellos que ven una contradicción, una paradoja o ven aquí evidencia para defender la salvación por obras no respetan el contexto en el cual se desenvuelve este versículo, transgrediendo y malinterpretando la Escritura.
Santiago dice que por medio de la obediencia a Dios al ofrecer a su hijo Isaac, en Abraham “se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios”. La palabra “cumplió” ha de entenderse en el sentido de verificación y no de ejecución. Por medio de su obediencia, Abraham demostró que su fe en Dios era verdadera, y por eso fue reconocido por otros como “amigo de Dios”. A esto Santiago agrega: “¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?”, es decir, por medio de su obediencia, la profesión de fe de Abraham “actuó juntamente con sus obras” al demostrarse no solo en las palabras sino también en los hechos, y su profesión de fe “se perfeccionó por las obras” dando evidencias de su realidad frente a otros.
Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.
Santiago 2,24
Con todo lo anterior, el punto de Santiago ya debiese estar totalmente establecido, de manera que bastaría con esta conclusión para terminar su discurso. Profesar creer en Dios pero no dar evidencias de aquella profesión es algo totalmente vano. Decir ‘yo creo en Dios’ mientras mi vida demuestra que no le tomo en cuenta ni a Él ni a Su Palabra es mentirse a sí mismo, mentirle a otros y mentirle a Dios. Con esto no hago referencias a las caídas del verdadero creyente, pues si el creyente cae o tiene luchas con su carne pecaminosa, estas caídas no son la regla sino la excepción, y el hecho de que existe lucha y el deseo de ser libre del pecado y de conocer más a Jesucristo y a Dios da evidencia de la realidad de la fe del creyente. Aquí se nos habla de alguien que “no tiene obras”, es decir, alguien cuya vida es una constante negación de sus palabras.
Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”, es decir, la profesión de fe de una persona no es verificada solamente por sus palabras, sino también por sus hechos. Demostrar la fe por medio de las obras es un tema constante en Santiago (Santiago 1, 22-25; 2, 12; 3,13).
Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?
Santiago 2, 25
Por medio de sus obras, específicamente por la obra de cuidar de los espías de Josué, esconderles del rey de Jericó y enviarles “por otro camino”, Rahab demostró que realmente creyó en Dios, tal como sus palabras en Josué 2, 8-13 dan testimonio. Sus obras dieron evidencia de la realidad de su fe.
Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
Santiago 2, 26
Tal como un “cuerpo (muerto) sin espíritu” solo es una cáscara sin vida, así también una profesión de fe “sin obras” es vana, falsa, irreal, sin provecho, carente de realidad, en otras palabras, “está muerta”.

T5 IFAP CRISTOLOGIA "EL PROGRAMA DEL REINO: LAS BIENAVENTURANZAS"

TEMA 5.- EL PROGRAMA DEL REINO: LAS BIENAVENTURANZAS.

Las Bienaventuranzas.
El significado original de las bienaventuranzas es el anuncio de que los oprimidos son bienaventurados, porque ya ha llegado el nuevo Rey que establecerá la justicia y el derecho. Anuncian la llegada del Reino de Dios, como una buena noticia para los que actualmente son los más desgraciados.

Nos manifiestan quién es Dios: no es neutral; está del lado de los pobres. Son los predilectos de Dios, no por méritos propios o porque sean mejores que los demás, sino porque así es Dios: ama gratuitamente a quien lo necesita y quiere velar por los que se encuentran desamparados de toda ayuda humana.

Pero de esta forma, se nos manifiesta también que el Reino de Dios que inaugura Jesús, es la construcción de una nueva sociedad y de unas nuevas relaciones humanas. El mensaje de las bienaventuranzas es la proclamación de un don (el amor, gratuito e incondicional, de Dios por los más desvalidos, que se hace presente y real en Jesús) y se convierte en tarea para los seguidores de Jesús, enviados a continuar la construcción del Reino. Por eso, la bienaventuranzas se convierten también para el cristiano en programa de vida, en el programa del Reino.

El primer paso para la creación de la nueva humanidad es el cambio de vida, la conversión que pide Jesús en conexión con el anuncio del Reino. Sin un cambio profundo de actitud por parte del hombre, que lo lleve a romper con el pecado y la injusticia, no hay posibilidad de comenzar algo nuevo. Pero la opción del hombre por el Reino de Dios supone además un compromiso personal, como el que hizo Jesús en su Bautismo, de entregarse por amor, para construir una humanidad diferente, de acuerdo al proyecto de Dios. Y, como en el caso de Jesús, el compromiso de entrega a los demás pone al hombre en sintonía con Dios, y la respuesta de Dios es la comunicación de su Espíritu, la infusión al hombre de su fuerza de vida y amor, que lo capacita para esta tarea”[1].

El programa del Reino.
Veamos, pues, siguiendo el Evangelio de Mateo (5,3-10), en qué consiste este programa para la construcción del Reino, para la realización de la nueva sociedad donde reine Dios.

Las condiciones para que se realice la nueva sociedad son dos: la renuncia a toda ambición, expresada en la opción por la pobreza (Mt 5,3: Dichosos los que eligen ser pobres), y la fidelidad a esa renuncia a pesar de la oposición que suscita (Mt 5,10: Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad).

La opción por la pobreza, es la puerta de entrada al reino de Dios, es decir, abre la posibilidad de una sociedad nueva, porque extirpa la raíz de la injusticia, la ambición humana, que lleva a la acumulación de la riqueza, a la búsqueda del prestigio social y al dominio sobre otros (1Tim 6,10). Optar por la pobreza significa tomar partido por Dios y, con él, por el bien del hombre y la propia plenitud (Mt 6,24; Col 3,5).

La comunidad de personas que ha realizado esta opción y se mantiene fiel a ella, irá suscitando un movimiento liberador. Los oprimidos encontrarán en el nuevo tipo de relación humana una esperanza y una alternativa a su situación. La liberación se expresa de tres maneras: los que sufren por la opresión encontrarán el consuelo (Mt 5,4); los sometidos gozarán de plena libertad e independencia (Mt 5,5); los que ansían justicia verán colmada su aspiración (Mt 5,6).

Después a abrir el horizonte de la liberación, las bienaventuranzas describen las relaciones humanas propias de la nueva sociedad, que crean a su vez la nueva relación con Dios. Esta comunidad se caracteriza por la solidaridad activa (y experimentarán la solidaridad de Dios - Mt 5,7), por la sinceridad de conducta que nace de la ausencia de ambiciones (y experimentarán la presencia continua de Dios en su vida - 5,8) y por la tarea de procurar la felicidad de los hombres ( y tendrán la experiencia de Dios como Padre - 5,9).

La sociedad injusta centra la felicidad en el egoísmo y el triunfo personal; la alternativa de Jesús, en el amor y la entrega. Mientras la primera, a costa de la infelicidad de muchos va creando la "felicidad" de unos pocos, cerrados en sí mismos e indiferentes al sufrimiento de los demás, en la sociedad nueva el esfuerzo se concentra en eliminar toda opresión, marginación e injusticia, procurando la solidaridad, la fraternidad y la libertad de todos. De este modo, Jesús invita a romper con el sistema injusto y a esforzarse por crear la nueva relación humana, sin la cual es imposible la relación auténtica con Dios. Jesús proclama "hijos de Dios" a los que procuran la felicidad de los hombres, mostrando así que Dios es incompatible con la opresión, el sometimiento y la injusticia.

Conclusión.
Las bienaventuranzas no son un discurso bonito de Jesús. Tampoco expresan solamente la bienaventuranza que Dios nos promete para el más allá. Y desde luego no pueden ser un motivo para la resignación, la pasividad y la indiferencia, dejando todo para el futuro mejor que Dios ha prometido. “El Reino de Dios está ya aquí en medio de vosotros” (Lc 17,21). Dios quiere “que tengamos vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

Las bienaventuranzas son la proclamación del programa del Reino, del proyecto de Dios para nosotros. Son un don y una tarea. En Jesús y el Espíritu, Dios se hace don para nosotros, nos entrega su vida y su amor gratuito e incondicional. Y enriquecidos por su Don, nos confía, a los seguidores de Jesús, la tarea de continuar la construcción del Reino; la tarea de construir una sociedad nueva, la familia de Dios, donde todos seamos y vivamos como hijos y hermanos, con la dignidad y plenitud de vida que Dios quiere para todos sus hijos, y por la que nos entregó a su propio Hijo. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Textos para la reflexión.

·         Mt 5, 3-10;
·         Lc 6, 20-26;
·         Lc 10, 23-24;
·         Lc 11, 27-28;
·         Jn 20,29.

Ejercicio para la vida personal. (Material a trabajar y REENVIAR).

1.    ¿Por qué las bienaventuranzas son un don y una tarea?
2.    ¿Cuáles son las condiciones para que se vaya realizando el Reino, la nueva
sociedad?

v Las Bienaventuranzas son el centro del programa de Jesús.

3.    ¿Crees que son también el centro del programa de los cristianos?
4.    ¿Y de manera concreta en tu vida?


Oración.

Bienaventuranzas para mi vida.
Dichosos los que eligen ser pobres para poder dedicarse a construir un mundo donde no haya pobres, porque esos tendrán a Dios por Rey.

Dichosos a los que se les revuelven las entrañas de dolor ante el sufrimiento humano, especialmente el de los más pobres, porque esos serán consolados.

Dichosos los que se rebelan contra todo sistema injusto que condena al sufrimiento y a la muerte a la mayoría de los hombres, porque esos van a heredar la tierra.

Dichosos los que tienen hambre de dar su vida ahí donde reina la muerte, porque esos serán saciados.

Dichosos los que acogen con un corazón entrañable las miserias de sus hermanos sin juzgarlos ni condenarlos, porque esos alcanzarán misericordia.

Dichosos los que no ocultan su miseria y fragilidad siguiendo los deseos de su corazón -riquezas, prestigio y poder- que son los que manchan el corazón del hombre, porque esos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por construir la Civilización del Amor a cualquier precio, porque a esos los va a llamar Dios hijos suyos.

Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad en vivir el Evangelio y no entrar en el juego del consumismo, la competencia y la comodidad, porque esos tienen a Dios por Rey.

Dichosos los que viven en relación profunda con Dios su Padre dejándose engendrar por El, porque serán vida de Dios para los hombres y alcanzarán la plenitud.




[1] J. Mateos y F. Camacho, El horizonte humano, 67-68.